Categoría: Relatos
9 Noviembre 2009
Es curioso observar como los establecimientos se han vestido apresuradamente de gala para recibir la Navidad. Las luces de colores imperecederos habitan entre nosotros: bombillitas que nos hacen recordar la pequeñez, la bobería y el desembolso rojo sangre desvergonzado que tendremos que hacer queramos o no queramos. La Navidad comienza en noviembre, ahora en noviembre, el año pasado, en octubre. Se nota que la recesión busca y amarga el espíritu de muchos con su guadaña de paro, nerviosismo y flojedad. Y no me llamen pesimista sin más -realmente soy un optimista con experiencia-, pero me atrevo a decir que, pese a que los adornos de múltiples colores ya estén instalados, algo me pincha en el estómago hora tras hora, al tiempo que me susurra una voz que la Navidad será un tanto hipocondríaca y chocarrera. Opino -y no soy el único- que la celebración del nacimiento del Niño, (estoico y sufrido Niño), se ha convertido desde hace ya años en un acto de vulgaridad sin conciencia ni precedentes: La Navidad es marketing, la fiesta cristiana es todo lo contrario a lo que debería ser; es capitalismo en estado puro, individualismo recorriendo las calles apesadumbradas y carentes de altruismo y afecto, es una incisión en el corazón deprimente de la moral que nos dice: "Intentad ser caritativos al menos por unas horas". Y Noviembre es Navidad, ¿quién lo puede negar, si ya no sabemos exactamente qué es la Navidad? Noviembre es un aleteo de cifras que chillan y condenan, para asegurarnos que ya hay casi 100.000 parados más en nuestro país; este mes es una horca sin cuello al que ahorcar, es una madre sin hijo al que achuchar, es el preludio de algo que deseamos sea bueno, próspero y equilibrado, al fin, justo y equilibrado. En nuestras manos está dejar los trapos viejos, el capitalismo tiburón que engulle carteras y conciencias; un acto de bondad supone un regreso a la infancia, supone convertir lo inútil en útil, lo fantasioso en algo real y ecuánime. La luz interior del ser humano es la que debería estar centelleando con suma intensidad a lo largo y ancho del planeta Tierra, no esas lucecillas hechas a imagen y semejanza del capricho de cada año. Las cosas mejorarán para todos con el tiempo, pero antes deberíamos saber qué es lo fundamental en esta sociedad ebria de hipocresía y postergación. El cooperar, el estar al lado del que sufre, el echar una mano al más necesitado... Estos son actos dignos de llamarse "actos humanos"; los demás actos, los que salen de la soberbia, la desazón y la codicia, únicamente acabarán con la persona que los lleva a cabo y con los que le rodean, sino al tiempo.

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5 Octubre 2009
Jane era la prostituta más asequible y la más escultural de toda la ciudad. Su vida había sido en ocasiones un asunto de honor, y su alegría dependía sobre todo de una cama con sábanas limpias y un cigarrillo que fumaba lentamente, observando el humo suicida. Ella trabajaba en el puticlub "El Constante Trajín", S.L., con todos los derechos reservados y la copa más económica a diez euros.
Jane era tan linda como los deseos de los chiquillos enamorados. Tenía menos de veinte años y toda una vida por delante. Ella había empezado por algún tipo de confusión en el mundo prohibido del sexo. Su primera relación la había tenido a los trece, en un descampado alejado de la armonía. Lo cierto es que aquello le marcó tanto que creo que desde entonces no hubo día en el que no repitiera sin saber muy bien el por qué.
Recuerdo que yo siempre la miraba con ojos soliviantados que exclamaban: "¡Dulce Jane! Algún día..." Y era en ese momento cuando ella me iluminaba y me decía si la invitaba a otra copa. Por supuesto, le decía yo, de noche duermo porque tú eres mi sueño. Y la hermosa muchacha que me obsequiaba con un beso en los labios al tiempo que me aseguraba que ella no era el sueño de nadie, pero sí el mío.
-¿Te gusta tu trabajo? -Le pregunté una noche a punto de volverme loco.
-Hay cosas peores. -Contestó sonriendo.
-¿Sabes?, me estoy volviendo loco por ti.
-Por un precio asequible ya sabes que soy plenamente tuya.
-Verás. Yo no me refiero a eso. Yo te estoy hablando del amor.
-¿Amor? Ese no es un buen asunto. Hace tiempo que yo
no creo en el amor.
-¿Has estado alguna vez enamorada?
-Sí. Una vez lo estuve de un camarero.
-¿Y qué fue lo que pasó?
-Se fue con otra.
-Lo siento.
-No lo sientas. Alguien me dijo que se casaron
y que poco después se divorciaron. Ya sabes: el amor.
Y volvió a sonreírme -perpetuamente sonriendo-, al tiempo que dejaba en la copa la huella de su pintalabios escarlata.
Aquella noche no volvimos a hablar, ni siquiera la volví a ver rondando la barra. Al parecer estaba en la habitación rosa con un viejo verde, aunque no tan verde como sus sucios billetes, como sus lujuriosas ansias de marcar el cuerpo de Jane con las brillantes babas de lo que nos aporta poco o nada sobre lo que es efusión-ternura.
-Me estoy volviendo loco por ti. -Le dije al día siguiente.
-Sólo son cinco billetes. -Dijo ella mimándome a los ojos.
-No bromees con este tipo de cosas. Me estoy volviendo loco y eso vale más que todo el dinero del mundo.
-Las mujeres como yo no nos podemos enamorar. Nosotras sólo valemos para una cosa. No podemos.
Y al escuchar esto reconozco que mil puñales se clavaron en mi corazón.
-Mañana me marcho de la ciudad. -Continué hablando.
-¿Por qué? -Preguntó ella dejando su copa sobre la barra.
-Me han ofrecido un buen trabajo en otra ciudad más pequeña y más generosa.
-¡Estupendo! ¿Y cuándo volverás?
-Jamás.
-¿Jamás?
-Sí. Estoy cansado de esta ciudad, de sus farsantes gentes, de su apestoso olor, de...
-¿Has dicho "jamás"?
-Sí, eso he dicho.
Y entonces fue cuando me obsequió con un beso de despedida.
-Te echaré de menos. Dios sabe que lo haré.
-No tienes porque echarme de menos, Jane.
-¿Por qué?
-Puedes venirte conmigo.
-No puedo, yo, tengo cosas aquí. Ya sabes... cosas.
-Sí puedes. Querer es poder.
-Es bonito lo que dices, muy bonito, pero...
-Escápate conmigo -insistí-. Una ciudad, unos amigos, una familia...
¡Ilusiones nuevas!
-No sé. Nadie me ha ofrecido esto antes.
-Quizás esto sólo pase una vez en la vida.
-Quizás.
Y se fue sin decir nada más, tras la barra, como alma que lleva el diablo del escaso entendimiento, con su mirada perdida en el suelo y las manos palpitantes, y un gesto apático en la mirada, así como si estuviese buscando en su más hondo "yo" la solución a los diversos dilemas que la atormentaban desde el inicio de su novicia vida.
Luego me fui de allí. Supuse que aquella era su forma de decir que no, y lo cierto era que yo no tenía fuerzas suficientes para insistir en mis propósitos.
Al día siguiente, y tras haberme puesto mi careta de hombre macizo que todo lo puede o todo lo debe poder, fui a la estación para coger el primer tren que me llevase lejos de aquella pestilente e inadecuada ciudad. Lloviznaba y mis maletas pesaban demasiado, siempre demasiado, como si en ellas llevase todo el lastre de mi pasado y los encarnados pedazos de mi corazón asesinado a causa de una brutal e incomprensible negación.
Pero cuando me disponía a subir a aquel tren repleto de incógnitas e inquietudes la vi a ella. He de reconocer que mis ojos temblaron un poquito al verla, al percibir su aroma de mujer perpetua. Corría hacia mí, sonriendo, como siempre, habilitando el ambiente con una sincera sonrisa, con una maleta en sus manos y una hechicera luz sobre su cabeza. Yo también sonreí, y cuando la tuve a mi lado le pregunté si había cambiado de idea. Jane dijo que sí. Me aseguró que deseaba fervorosamente ser feliz, marcharse muy lejos y vivir lo que necesitaba vivir.
También me aseguró que su amor y sus sentimientos valían mucho más que cinco sucios billetes.

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30 Septiembre 2009
Yo tengo un muñeco que se llama Pancho.
Pancho realmente es un mono de trapo que padece ataques de ansiedad. Pancho come y duerme conmigo, no habla mucho, pero lo observa todo muy atentamente, como buscando algo allí donde coloca su mirada frontal y divertida.
Ya no recuerdo si Pancho me encontró a mí o yo a él, pero siempre tuve la certeza de que no era sólo un muñeco marrón, fornido y educado.
Pancho. Lo mejor de Pancho son sus sueños de medianoche, cuando yo busco entre las estrellas el collar de la damisela exaltada, cuando yo sé que aspiro a todo y al final todo es poco más que nada. Pancho sueña y me pide sueños. Pancho posee conciencia tranquila de muñeco siempre tranquilo. Pancho me despierta todas las mañanas con una sonrisa, hasta que sin saber yo el por qué, se tira al suelo de mi dormitorio y padece la ansiedad. En esos casos lo cojo entre mis brazos y le aseguro que todo ha sido una pesadilla cruel, que la realidad es otra cosa, también pesadilla, pero no tan cruel ni tan dolorosa.
Mi madre a veces me dice que está preocupada porque mi muñeco no le deja de observar. Mi madre es demasiado mundana y no sabe que Pancho sufrió muchísimo en el pasado, allí, en la penumbra de aquella fábrica china, junto a miles y miles de hermanos suyos, en plena creación, con máquinas frías con olor a capitalismo exagerado.
Yo una vez tuve un buen amigo, uno de esos amigos que te lo dan todo hasta que se marchan. Pancho es mi amigo y sé que no se va a ir a ningún sitio. Es fiel e incondicional. Es inocente y sabe dónde están las cosas importantes de la vida.
Hace años el más viejo de mis tíos y a la vez el más insoportable me ofreció una cantidad nada despreciable de dinero por Pancho.
Él me aseguraba que necesitaba a un pequeño ser como Pancho para proporcionarle calidez a su apartamento de las afueras. Yo le dije que no. Pancho es mío, ya ves. Él y yo tenemos un acuerdo de amistad verdadera que seguramente tú no comprenderías jamás.
Sé que Pancho me agradeció este gesto. Sé que venderle y trasladarle de lugar sería el inicio de su muerte, de su gran ataque de ansiedad. Y el caso es que desde que ocurrió esto he notado que me mira de otra manera, con orgullo, con amor incalculable y menos nerviosismo. Bendito Pancho, le digo cada noche, ¿qué nos estamos perdiendo de la vida que nos ha tocado vivir? Tú eres un muñeco que depende de mí y yo soy otro muñeco que depende del destino. Tú no comprendes y yo todavía intento comprenderlo todo, aunque sé que haciendo esto estoy condenado a volverme totalmente loco.
Y él que en estos casos no dice nada. Calla. Respira y calla. Me mira con ojos melancólicos y acaricia mi tibio corazón.
Él sabe de lo suyo y lo vive todo muy intensamente, ya que así es como hay que vivir las cosas de la vida. Pancho es noble y supongo que habla muy poco porque no tiene mucho que decir.
Su familia está lejos. Su familia está dispersa por el mundo, sobre todo en jugueterías, o en manos de niños impertinentes, o incluso en contenedores que los llevarán a lugares donde las gaviotas les comerán los ojos negros de plástico duro.
Yo tengo la suerte de vivir con Pancho. Vosotros no conocéis a Pancho, y lo cierto es que es muy difícil conocer a una persona aunque ésta viva más de cien años. Estoy seguro de que mi muñeco, mi amigo, está agradecido por ser como soy.
A mí no me importa que él sea un muñeco harto de padecer ansiedades, harto de ser menospreciado por la mayoría de las personas que lo conocen, o que no lo conocen. Pancho duerme y yo consigo dormir. No recuerdo exactamente cómo fue nuestro primer encuentro. Él estaba allí sentado con ademán de esclavo, y yo estaba sólo de paso. Nos miramos y eso fue todo y eso basta. Nos miramos y supimos que juntos afrontaríamos nuestros respectivos dolores y nuestras inaceptables tristezas.
No sé por qué Pancho no deja de mirar a mi madre. No sé. Quizás le haga gracia ver a una mujer que únicamente trabaja y trabaja, y no deja de trabajar. Sé que Pancho, al no pertenecer al mundo de los hombres, no comprende cómo alguien puede perder la totalidad de su tiempo en conseguir cosas totalmente banales, y no percibir los sentimientos que le dan sentido a la vida.
Me han dicho que Pancho es un mono y eso es todo. Al principio esto fue algo que me dolió, hasta que la noche pasada, estando mi muñeco a mi lado, a punto de padecer otro terrible ataque de ansiedad, me dijo: Amigo, camarada... de donde yo vengo los sentimientos son algo difícil de conseguir. Por eso te aprecio tanto, por eso estoy a tu lado y me fijo en todo lo que eres y en todo lo que llevas a cabo. Te aprecio porque hay dignidad en ti, aunque esto te lo diga un muñeco salido de una dolida fábrica situada en el otro extremo del mundo.
Ya no recuerdo si Pancho me encontró a mí o yo a él...

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11 Julio 2008
Después de los dicho vino el hambre de querer tenerte. Hubo un instante de lluvia de ojos y de besos, una habitación con brisa de calendario marítimo... Después de todo lo ocurrido aún tengo miedo del miedo de no tenerte como insignia de ida hacia el mundo de lo inusual. Porque contigo vivo y resucito si muero.
Desde este rincon del desafío diario te observo como emblema de ojos partidos por la nostalgia del desnudo, de la mano que te recorre el verso, el querer, el verso... Tenerte y escribir hojas de verdad, hojas de invierno.

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7 Febrero 2008
Déjalo estar y verás que es lo que es... Tal vez una serpiente, o un ciego cielo de constelaciones.
Yo voy tirando como puedo de la cruz que está visitando mi cuello... Duele y voy tirando...
Lucho y debo hacerlo: LUCHA! En esto se encuentra la verdad de las verdades... Si estás vivo: lucha!
Muchos te criticarán..., qué más dá? Sólo diles: ######!!!!!!!!!
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10 Enero 2008
Ayer –tarde/noche- morí y me gustó como brillaba mi cuerpo fúnebre en lo profundo del camposanto, con ruedas de molino y gusanos-muerte. Ayer, lo afirmo, comí el labio del penúltimo santo, al tiempo que las leyes del cielo caminaban por las calles de una ciudad en ruinas. Ayer cumplí mi primer cumpleaños y no fue sueño notar como el enterrador vomitaba pavor al saber que aún latía mi corazón.
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27 Diciembre 2007
Me expreso y las palabras comprenden lo que no quiero ni deseo decir abiertamente. Ruidos lejanos perturban la mente de un niño alado que busca serpientes. No es poema; tal vez un brusco orígen, una entelequia de la que salí para compartir verdades y falsedades con vosotros.
El grito y los párpados de la indecisión golpean el portón de los límites perdurables, al tiempo que el “para siempre” procura una incertidumbre apta para los Malditos.
No siempre fue así, lo reconozco: en otro tiempo me expresaba con mayor claridad, y las palabras eran antorchas que se confundían entre los podridos orgasmos de las gentes.
Fue poema; tal vez lo más puro que expresé, teniendo en cuenta la filosofía juvenil de los seres que residen bajo el puente negro de los ideales que perdimos al saber que ya éramos totalmente adultos.

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22 Octubre 2007

La primera copa. Mis ojos asimilan el ebrio vidrio al tiempo que me encuentro con un dolor muy difícil de sostener. Un espejismo entre mis manos temblonas y muy poco útiles. Siete sueños difíciles de comprender. El mundo es un vertedero de almas en el que todo vale y todo es negociable.
El whisky. Hoy me he decidido por una botella importada. Irlanda. Ése país bien merece esta copa.
Le echo un último vistazo y me percato de que nunca había probado este tipo de whisky. Las cosas buenas de la vida no suelen ser vistas por mis ojos últimamente. Pero esto sí que lo veo. Es un buen whisky. ¡Colosal whisky! Por supuesto. Siete sueños. Quizás sean ocho, o nueve, o diez... dímelo tú si es que eres uno de esos soñadores que dejaron sus limitaciones y decidieron volar.
Otra copa. Esto está bien. Todavía no estoy suficientemente borracho. Hoy obedezco a mis instintos ebrios de soledad... un sueño. Además, creo que siempre he sido demasiado responsable, un buen tipo, con cara inamovible y aspecto agradable. Otro sueño. Más de diez sueños. Pronto conseguiré contarlos todos.
Otra copa. Me pesan los párpados. Por supuesto, he bebido demasiado. Lo mínimo. Demasiado. Me pesan los sueños. Doce sueños, quizás trece o catorce... sólo son sueños. No soy ningún imbécil. Whisky irlandés. Otra copa. Otro sueño. Un dolor siempre difícil de sostener. Me fijo en esa botella: distilled, blended and bottled in Ireland. Me empieza a gustar Irlanda, y su whisky. Menuda suerte tienen los irlandeses. Lo destilan ellos personalmente para que luego me lo beba yo.
Otra copa. Esta me la bebo de un trago... ¡Otra copa! Este es un dolor difícil de sostener. Vida perra. Dolores a mi edad... No estoy completamente desesperado. Bueno, un poco desesperado sí que estoy, je, je.
¿Cómo ocurrió exactamente la cosa? Primero me miró a los ojos fijamente y luego me insultó sin contemplaciones. Dijo: “eres un..., eres un hijo de puta.” Otra copa. ¡Viva Irlanda y sus lechosas mujeres! Aún no estoy borracho, ¿o sí lo estoy? No sabía que el televisor diera vueltas. ¡Míralo! ¡Está dando vueltas! Siempre estuve seguro de que comprar ese televisor había sido una excelente inversión.
Otro sueño. Sueños...Con este van doce o trece. ¡Más sueños! No, por favor. ¿Qué me vas a contar a mí? Yo tengo cientos y cientos de sueños. Mi padre solía decir que los sueños... je, je, je.
Ya no recuerdo qué decía mi padre sobre los sueños. ¿Otro sueño? No, mejor otra copa. No lo entiendo, la botella ya está medio vacía. No importa. Compraré otra botella a cambio de cien sueños rotos. No, mejor por mil sueños rotos, por millones de sustanciosos sueños rotos. ¿Sueños rotos? Me pregunto qué serán realmente los sueños rotos. Alguna invención de los irlandeses, seguro. Por cierto, ¿quiénes serán los irlandeses? No importa, no importa, el caso es que sean dichosos, allí, en sus destilerías, o en dónde diablos vivan estos irlandeses, y su whisky, por supuesto.
Otra copa. Por el momento siempre es así. Vendería mi inadecuada alma al diablo por otra copa y por un olvido seguro. ¿Dónde vivirá el diablo? Bueno, no importa. Supongo que el diablo no destila es whisky, aunque algo sobre alcoholes sí que debe de saber.
Lo cierto es que no conozco al diablo, pero debe ser un buen tipo. Ya ves. Otra copa. Ahora ya tengo tras de mí cientos de miles de sueños... ¿rotos? Sí, todos rotos, rotos, demasiado rotos. Y es que esto se acaba... the end, my friend. Yo creía que las botellas de whisky no se acababan nunca. Pero esta se está acabando.
Es el fin del whisky. ¡Vaya por Dios! Pero no me mosqueo... je, je, je. Le venderé mi necesitada alma al diablo por otra botella como esta. Hasta mi voz parece que está cambiando. Tengo sueño... ¿Sueño? Mal asunto ése. Yo tengo millones de sueños. ¿Rotos? Sí, sí, muy rotos, extremadamente rotos.
No, si ya decía yo que esto de beber era enteramente nefasto. Ya lo decía yo. Disculpe, ¿otra copa? Sí, cómo no, otra copa. Pero esta es la última, por favor, hoy no me quiero emborrachar. Los borrachos dicen tonterías. Suerte que yo no soy un borracho.
Creo que estoy hablando locamente. ¿Amor? Amor digno de amar y difícil de comprender, imposible de comprender por muchas vueltas que le des al asunto.
No sabía que hubiera comprado dos televisores, je, je. ¿Verdad que es curioso el tema? ¡Dos televisores! ¿Qué voy a hacer yo con dos animaditos televisores a color?
¿Tengo sueño? ¿Ahora? Pues sí. Es cierto. Lo es. Siempre me asalta el sueño en estos casos. Mal asunto esto de vivir y morir rodeado de ímpetus y sueños.
Pero el caso es que me llamó hijo de puta, así fue, a su manera, como siempre, a su dulce e imponente manera, a su grotesca y sucia manera.
¿Por qué? Porque tengo sueño, invariablemente, muchísimo sueño. Pero yo la quería. Es cierto que yo no quería. Cosas de la vida. Je, je... ¡Viva! ¿Cómo no? Cosas de la vida que nos ha tocado vivir...
Esto no tiene el más mínimo sentido. Esto de recordar lo que debo olvidar me causa dolor de cabeza y sueño, sueño, sueño, muchísimo sueño...
servido por alexandervortice
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