Ése gran hombre libre
Vino de ninguna parte y se quedó entre nosotros, flaco y apasionado, y ante todo loco. Cuatrocientos años después continúa rondando las librerías del mundo entero, en busca de su dama, de sus gigantes, de la cordura que es locura para algunos, genialidad para otros, devoción para el resto. Ése gran hombre libre, Don Quijote, me refiero, fue, es y será el héroe bien acompañado, el que ambicionó sin querer lo que realmente importa en la vida: el amor, el honor y la filosofía matizada por los pinceles de la encantadora y tolerable demencia. Miguel de Cervantes visionó en su mente a un personaje fantasioso que no podía ser real; más tarde, la fantasía se volvió realidad mediante la tinta, y surgió algo más que un clásico literario: se dio a conocer la manera más noble de vivir y morir a lomos de un Rocinante fortalecido por el alma independiente de su dueño. Aún hoy, cuentan los que lo vieron, cabalga por esa Mancha idealizada el caballero que ya era caballero incluso antes de serlo. Observa, dicen, desde lo alto de su manera de existir, todas las injusticias presentes: guerras, apariencias, políticos corruptos, mercantilismo brutal, ética y moral prácticamente inexistentes... Y al ver todo esto gira su rostro de hidalgo enérgico hacia su servicial amigo y escudero Sancho, y dice: “Algo tendremos que hacer para cambiar lo que es necesario cambiar”. Y es que en estos tiempos de decadencia social y fatiga humana, donde vale más una moneda que una forma de actuar benevolente, es bello saber que algunos personajes continúan luchando, a ras de libertad, aunque éstos sean personajes fictícios, salidos de una pluma poderosa, de una mente genial, de una noche más sin poder pegar ojo para lograr darle forma precisa y sencilla a unas palabras muy bien escritas. Es bello, digo, saber que Don Quijote vive en nosotros cuando estrechamos la mano a ése que primeramente nos negó la suya, cuando amamos y sabemos que sólo es amar, y que no hacerlo es un absurdo, aún sabiendo que no seremos correspondidos de ninguna de las maneras. Es bello vivir, y morir, y resucitar distinguidamente para volve a vivir, para volver a morir por nuestros, en algunos casos, inaceptables y criticados sueños. Es bello saberse mortal en manos de la inmortalidad, en manos del camino que nos conduce a ese lugar de donde no se vuelve por mucho que lo desees, ese lugar de donde salió Don Quijote en busca de lo que únicamente se puede encontrar a base de poca cordura y mucha dignidad.

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