Soñé con ángeles
Me miré al espejo y no supe reconocerme, no logré definir con palabras aquella extraña emoción y aquel rostro que en otro tiempo sí habría reconocido sin dificultades y sin ningún tipo de recelo.
Tiempo atrás, en aquella ciudad del norte, yo había conocido a la mujer que cambiaría mi estado de ánimo y el murmullo desafiante de mis arterias. Ella, cuyo nombre todavía me hace palpitar el corazón cuando lo pronuncio, me había buscado a lo largo de los años, y me había encontrado en aquel bar de mala reputación y peores copas, con mi depresión de los domingos por la tarde, con ojos ensimismados y una decadente mano izquierda que delataba irremediablemente mi nerviosismo.
Aquella mujer, acicalada hasta el alma y gozosa como el inicio de la transición que supongo que viviré con el pie derecho, se sentó a mi lado y durante cinco o diez minutos me miró a los ojos fijamente, como si nos conociéramos desde siempre, como si nos hubiésemos criado juntos en un recóndito pueblecito con brisa costera y marineros amigos de las más disparatadas aventuras.
Luego me habló, sosegadamente, con dulzura: un cómo te llamas y qué te ha traído hasta este lugar agitado como las fotos en blanco y negro que observa el hombre que añora su pasado feliz.
A partir de ese momento, y habiendo dejado a un lado parte de mi nerviosismo, aprecié con gozo aquel lugar, e incluso sus asquerosas copas comenzaban a tener un sabor más apropiado para la ocasión. Fue aquel uno de esos diálogos espectaculares y poco corrientes, uno de esos diálogos que recuerdas cuando ya no te queda nada importante y atractivo que recordar.
Ella en ningún momento dejó de mirarme a los ojos, con gentileza y tranquilidad extrema, siempre así, y con palabras hermosas y destacadas sobre todo por aquellos carnosos labios rojos. Ella, la mujer inesperada y a su vez esperada, me aseguró en varias ocasiones que me había estado buscando desde siempre, y a veces, a causa de mis lentos y torpes pasos, se había llegado a desesperar.
Después, estando ya ambos lo suficientemente borrachos y aturdidos, salimos del bar y caminamos despacio, como dos adolescentes enamoradizos que ven el mundo con una emoción y una perspectiva inexplicable, como el bohemio ése que murmura hermosísimas palabras a alguien que no conoce de nada, pero que sí conoce.
Nos sonreíamos a medida que caminábamos hacia cierto lugar desconocido, y reconozco que la hubiera besado mil veces nada más verla. Mas algo me lo impedía, algo que me aseguraba que ella no pertenecía a lo común, no era como las demás mujeres que había conocido hasta entonces. Algo me decía con firmeza que aquella mujer poseía algo relacionado con lo celestial, con las palabras que pronuncian los ángeles cuando tienen algo importante que decir.
Una hora y pico después de haber caminado lentos y abstraídos, descansamos en uno de los bancos situados al lado de una bonita fuente con niños de bronce. En ese momento ella se recostó entre mis brazos al tiempo que las dudas y el encanto de su calidez recorrían mi exhausto corazón.
Bésame, dijo. Y la besé. Lo hice lentamente, como en una de esas películas de los años 50, así como si nunca lo hubiera hecho antes, como si ella fuese el amor de toda una vida, de mi primera vida.
Luego, sus manos sobre las mías, sus ojos de espasmo feliz sobre mis ojos de invierno inagotable. Y el amor a un paso de lo incomprensible, sin raciocinios, sin dudas, incluso sin nada de dolor. Su cabello era dorado como los cabellos del sol en el trabajo de crear el ocaso, y su tez era tan blanca como el más blanco de los susurros de un espíritu celeste y misericordioso.
Estuvimos así, en aquella posición, durante horas, o días, o incluso meses... no sabría concretarlo. Nuestros únicos movimientos eran aquellos que nos aseguraban un beso, o una caricia prolongada.
La quise. Sé que la quise porque ese tipo de cosas se saben, aunque no tengas manera de explicarlo.
Después de aquellos minutos vehementes, ella decidió levantarse. Dijo: “espérame aquí. Vuelvo enseguida“. Y se marchó entre los arbustos, con pasos tintineantes, en busca de no sé qué cosa, intuyendo recuerdos de un tiempo que todavía no había llegado.
Y yo allí, sentado y maravillado, perturbado todo mi ser a causa de una gentileza tan exagerada y hermosa como el nacimiento esperanzado de un frágil niño que todavía no sabe lo qué es el mundo, pero que sí sabe lo que es la vida.
Y el caso es que ella no regresó. No sé cuánto tiempo estuve esperándola. No sé si lo ridículo paso por mi lado, mas sí sé que la sensación de abatimiento fue creciendo a medida que ella se retrasaba, creciendo inexplicablemente y sin más.
Las palomas volaban en la procura de algo admirable y ebrio de perspectivas cien por cien fecundas. Unas palomas que incluso se mantuvieron por algún tiempo estáticas entre mis manos de espera interminable, entre mis ojos de cansancio perdurable e inútil. Un anciano paseaba con rostro cansado, y por un par de minutos llegó a ser mi diversión observar sus movimientos y escuchar su dañada respiración, su vejez que exclamaba ¡muerte! y sus ojos perdidos en una juventud que tal vez quisiera perfilar gracias a alguna irrealizable máquina del tiempo.
Ella no volvió y yo tuve que volver a mi hogar. Lentamente el tiempo fue cruel conmigo: me injuriaba, me lastimaba, me recordaba lo dulce de la mujer que convirtió mi vida en un antes y un después totalmente diferente. No volvió y yo volví a mi melancólica casa con jardín hermosísimo y piscina de tamaño olímpico, en la que en los días de verano se bañaban propiciamente mis jóvenes sobrinos.
Entonces, aquel día de lluvia sin lluvia, me miré al espejo y no supe reconocerme. Eres muy diferente a lo que eras, me aseguré, eres un hombre perdido en la esencia del amor que se convierte en terrible e inagotable aversión. Y es que quizás todo haya sido un sueño, un sueño retocado por las alas de un ángel animoso.
Las palomas revoloteaban en el balcón como queriendo anunciar la aparición de una nueva personalidad, de una nueva e intolerable tristeza; y el gesto del horizonte en el rostro del hombre que fui, y los recuerdos en los labios secos, tan secos.
Pero cuando ya creía que todo era realmente vacío absoluto, cuando decidí acostarme para aplacar mi sufrimiento, la vi a ella. Estaba entre mis sábanas, dispuesta a clavar sus ojos en mis ojos, siempre así, siempre colmada de honrosos gestos. Y me pidió disculpas: “Lo siento, me detuve en el Cielo para respirar”.
Las cosas no siempre resultan como crees que van a resultar. Ella en mí como la cruz en el pecho de un verdadero creyente, y yo en todo lo que ella es. Imaginé que no volvería a verla, a veces sucede, a veces las dudas deterioran las esperanzas que crees que nunca podrán evadirse de tu interior.
Y sus enormes ojos sobre mis ojos que habían sido pecado necesario, y su amuleto de los domingos por la tarde, sin nada que hacer, sin trabajo y sin ocio, sin complicaciones. Su manera de hablarme del Cielo que siempre he deseado conocer, su mano sobre la mano que antes temblaba, y su Dios, que al parecer siempre observa mis movimientos basados en el suicidio de la memoria y los destructores tópicos, en el suicidio de los minutos que no poseen sentido si el amor no roza tu brutal realidad.
Mujer o ángel, ahora lo sé. Ahora soy consciente de que no debí dejarme llevar por la decepción, pero a veces soy demasiado humano, demasiado terrenal. A veces no reconozco los milagros, y vivo totalmente rodeado por lo innegable.
Lo sé. Ahora ambos lo sabemos, y eso es importante para alcanzar la felicidad. Mas, he de decirte que si decides volver a marcharte, si dispones visitar de nuevo el lugar de donde procedes, te aseguró que en mi cuerpo de hombre con heridas caducas siempre tendrás un grato hogar donde poder reposar
