Varias vidas muertas
Una frase célebre de Miguel de Cervantes dice: “El que está para morir suele hablar verdades”. A lo que yo añadiría: “Eso sí, pero si tienes la suerte de que te lo permitan”. Me refiero con esto, ante todo, a las últimas y lánguidas apariciones, del Papa, ése hombre vestido de blanco-santo, devoto, en su momento, de felicitar al mundo entero en más de sesenta idiomas desde una ventana con vistas a la multitud, una ventana que ahora se ha convertido en algo así como un pequeñito escenario escenario en el que lentamente se le va la vida y la voz al “Pontícipe de la Palabra”. Y es que vivimos en una sociedad que ya no nos permite pensar o hablar sobre la muerte, y mucho menos sobre el sufrimiento. Quizás por eso nos estremezca de manera incomprensible el fallecimiento progresivo y televisado de este anciano, incluso para los que no tienen ningún tipo de relación con el catolicismo, o con el cristianismo en general, o con lo que sea. Se nos hace trabajoso el hecho de cavilar en que algún día nos llegará el momento definitivo, hagamos lo que hagamos, y por mucho que no lo aceptemos, por mucho que tengamos hipotecas con opción a pagar en diez, o en veinte, o en treinta años, o al ritmo que va la sociedad, hipotecas que pagaremos en la otra vida, si es que hay otra, aunque para eso, estoy seguro de que los banqueros ya están haciendo un minucioso estudio, no vaya a ser. Algo parecido ocurre con con el sufrimiento: escapamos de él, pero está ahí, a nuestro lado, acechando, y lo que sucede, es que se nos confunde para que no lo asimilemos, para que no lo veamos como algo propio del ser humano. Nos confunde este comercialismo feroz que nos da falsas prosperidades que aseguran que el gozo está en el tener y no en el ser, y así es que día a día la infelicidad es una plaga que aumenta, que fomenta el uso y abuso de antidepresivos, ansiolíticos, somníferos, y libros de autoayuda, que no ayudan si no hay voluntad. Esta sociedad nos intenta hacer creer que el sufrir es algo que no se lleva, que no está de moda, algo de lo que debemos evadirnos, como si no fuese mejor enfrentarse a ello, y desarrollarnos en torno a ello. Y es por esto que nos duele ver al Papa allí, en su ventana con paloma blanca, agonizando y queriendo hablar cueste lo que cueste, tal y como decía el bueno de Cervantes. El Papa nos recuerda en cada intento de saludo o bendición que esto se va al traste, que estamos confundidos, tanto crsitianos, como agnósticos, ateos, budistas, taoístas... o pertenezcamos al “gremio” que pertenezcamos, porque para ciertas cosas, da igual donde te quieras situar.
