La Coctelera

Obra Literaria de Alexander Vórtice

Poemas, Relatos, Pensamientos y Artículos (Blog con Derecho de Admisión)

19 Octubre 2007

Dios y otros superhéroes

La primera vez que sir Beneth sintió el viento procedente de la colina más próxima a su casa surgió un deseo en su interior que no pudo hacerse realidad.

Sir Beneth llevaba más de dos millones y medio de años viviendo en el Paraíso sin saber exactamente el por qué, sin salidas, sin hábitos realmente propios, con deterioros ajenos, con ojos perdidos en tiempo chanflón y ávido, incluso lamentándose por lo que tiempo atrás había sucedido con Adán y Eva.

Recordó, en aquella mañana sacudida por todo tipo de impresiones y evocaciones, la conversación que había tenido con el loco Smith en uno de esos días en los que la melancolía es una constante insufrible. Reconoció la última vez que había visto el mar en su máxima plenitud, y las tristes palabras del joven Adán minutos antes de abandonar el lugar donde se había iniciado el arrojo de su personalidad y sus ansias de comprender lo incomprensible.

Dios es un niño con alas de serafín travieso y sabiduría absoluta, afirmaba el loco Smith. Dios es un superhéroe con un impenetrable sentido del humor que juega con los sentimientos de todos nosotros para que podamos alcanzar una perfección en la que yo no creo, quizás porque yo no aspiro a ser un hombre perfecto, o quizás porque conseguir algo así supone un esfuerzo sobrehumano.

Sir Beneth había llegado por casualidad al Paraíso. Alguien había barajado las cartas sin tener en cuenta que él no era amigo de los juegos de azar. Antes había estado viviendo en Larreth, planeta situado a trece mil sentimientos íntegros de la Tierra, y allí había conocido por vez primera los motivos que habían llevado al Altísimo a desear crear al ser humano.

A causa de una mala interpretación de sus ideas y sus actos, había sido expulsado al Paraíso, donde cada mañana era despertado por el viento procedente de la colina, o incluso por un nefasto sueño que lo dejaba exhausto durante el resto del día.

Para sir Beneth el único motivo de verdadera felicidad era poder deleitarse observando las tres bellas lunas que presidían cada noche el indefinible firmamento. Una de estas lunas, la más pequeña y a la vez la más placentera, era de un intenso color azulado y, en ocasiones, si tenías mucha paciencia y un sentimiento puro dentro de tu corazón, podías verla cambiar de color, así como cambian de color los recuerdos tras el paso de los años, así como cambia de color el amor a medida que crece y crece sin razonable explicación.

Sir Beneth recordaba cada vez que observaba la transformación de la más pequeña de estas lunas, que el afable Adán nunca había podido disfrutar de tal acontecimiento, quizás por su acentuado nerviosismo, o quizás porque en su corazón no residía ningún sentimiento totalmente puro, o tal vez fuera que el joven y recién creado hombre no poseía paciencia para este tipo de menesteres.

Pese a todo, ambos se llevaban bien, dialogaban, expresaban abiertamente sus inquietudes y secretos, se mantenían el uno al otro, e incluso se ayudaban mutuamente en la novedosa labor de ir conociendo y comprendiendo todo lo existente, todo aquello que le daba fuerza a sus personalidades y que perfilaba el espíritu virgen que residía en sus cuerpos.

Todo cambió tras lo de la costilla. La llegada de Eva había sido una sorpresa inigualable, y ambos se lo habían tomado con optimismo, sobre todo Adán, aunque sir Beneth ya intuía que aquella novedosa presencia no traería a la larga cosas buenas, ya que, como es sabido, las pruebas de Dios están casi siempre cifradas.

Pasado un tiempo llegaron las dificultades: lo de la demoníaca serpiente y lo de querer ser dioses a una velocidad de vértigo, la historia que muchos conocemos. Y a consecuencia de esto, sir Beneth perdió un extraordinario amigo, un buen compañero de consideraciones que le agasajaba con diálogos y situaciones que le daban un sentido necesario y útil a todo aquello que le envolvía.

Era Adán un hombre realmente inocente y respetable, algo confuso, eso sí, pero aún así lleno de vitalidad y sensatez, amigo de la diversión y de lo novedoso.

Las cosas son lo que son, aseguraba el loco Smith, todo pasa y nada dura, y hoy estás aquí y mañana..., mañana Dios dirá, ya que Él es quien dispone, es la mano omnipotente que nos mueve y remueve. sir Beneth llegó a pensar que él sería el próximo en ser confinado, pero el tiempo corría de una manera ininteligible y nada de lo que él hacía parecía amargar a su Señor, ni siquiera sus obstinados e insurrectos pensamientos.

Y los días que fueron pasando, cautelosamente, ininteligiblemente, casi sin oler ni doler. Y aquel sentimiento interior que no llegaba a hacerse realidad, no llegaba a convertirse en algo más que un sentimiento que combinaba todo tipo de molestias, todo tipo de rebeliones e incertidumbres, todo tipo de providencias inconcretas.

El necesitado y decaído sir Beneth sabía que por mucho que sintiera el viento que procedía de la colina nunca podría darle forma y sentido al más importante de sus anhelos, sabía que en la vida todas las cosas realmente buenas e importante poseían un precio casi siempre imposible de pagar. Lo cierto es que él nunca había tenido un billete en sus bolsillos, nunca había padecido el error de la ambición monetaria, del capitalismo, de la falsedad hecha a base del intercambio de papelitos insignificantes pero todopoderosos.

Él no sabría qué adquirir si pudiera adquirir lo que le viniera en gana, tal vez porque no era una persona hábil en los negocios que se trataban en el caótico planeta Tierra, o tal vez porque lo que deseaba no se podía comprar con dinero.

Sir Beneth nunca había creído en la buena o en la mala suerte, suponía que eso eran cosas enlazadas con lo irrazonable. Él simplemente intentaba ser una persona medianamente equitativa y ante todo discreta. Pero alguien le había sugerido cierta noche, entre ademanes chiflados y sinceridad entera, que transitara hacia la colina de donde procedía aquel viento que marcaba irremediablemente su existencia hasta que se encontrase cara a cara con la respuesta apropiada, hasta que supiese quién era realmente: él mismo y no la persona que los demás decían que era.

Y fue entonces cuando dejó tras de sí su racionalidad y su discreción; dejó olvidado el entendimiento que siempre se impone a base de lógica al lado del olvido fortuito, e incluso se deshizo del pesimismo que asesina prematuramente a todo tipo de seres sin respuestas coherentes a las típicas cuestiones de la vida. Y lo cierto es que hacer esto no le costó tanto como ciertamente esperaba. Fue como un poderío profundo lo que le había empujado hacia el gesto del cambio, hacia lo insospechado.

Y caminó, despacio, disfrutando del camino nunca recorrido, llegando al punto cumbre en el momento en que comenzaba a clarear de forma solemne y hábil. Fue en ese momento cuando se despejaron muchas de sus ideas. Sus lamentos comenzaron a sosegarse poco a poco al tiempo que su rostro adquiría una luz peculiarmente necesaria, una luz salida de las manos de alguien que desde hacía muchísimo tiempo había anhelado la justicia y el bienestar de todos sus semejantes.

Fue reflexivo y supo que algo importante comenzaba a brotar a velocidad de vértigo en su interior, incluso comprendió que algo muy importante moraba más allá de la vida que el estaba viviendo, más allá de la muerte a la que los hombres están condenados. Profundizó en cuestión de segundos en la sustancia de lo existencial, lejos, muy lejos de las lamentaciones cotidianas y en principio muy poco digeribles. Tuvo claras cosas que nunca había tenido claras, y vio como objetos inanimados coloreados por las manos de la esperanza corrían por los límites de su mente.

Se vio, finalmente, cara a cara consigo mismo, entre galanterías celestes y rostros plenamente inmaculados de querubes eternamente alborozados y sorprendidos por la nueva luminaria del día que comenzaba, y acertó a apaciguar sus inquietudes y sus egos interiores a base de íntegra placidez.

Cayó en la cuenta de que no hay mayor irresponsabilidad que dejar de caminar o dejarse llevar por las manos de lo decrépito o lo decadente, o abandonarse entre las terminaciones de la muerte prematura que nunca tiene lógica.

En definitiva, supo que en ocasiones las cosas extraordinarias llegan de lugares que no esperamos, que no logramos comprender, y que si intentamos avanzar y perfilar de una manera realmente caritativa nuestros pulcros intereses y sentimientos, si llegamos a perfilar con nuestros mejores deseos esas cosas que creemos que no tienen importancia, esas cosas se vuelven fundamentales, tan fundamentales que llegan a ayudarnos a aceptar y comprender la fuerza que necesitamos para ser felices, la fuerza que vive dentro de nosotros mismos, jugando al escondite, la fuerza que gusta de que la encuentren en el último momento, cuando creemos que la esperanza ha sido arrancada de nuestro decaído ser.

El Paraíso es un buen lugar pese a todo, afirmó sir Benet al tiempo que una expresión venturosa matizaba su rostro anteriormente afligido. Y desde aquí, desde este lugar retocado por las manos de las imaginaciones y los entusiasmos que brotan de la energía vital, las cosas se ven con serenidad y alivio, sin agobios mundanos, sin tanta absurda importancia. Porque aunque ya no puedo tener a mi lado a toda la gente a la que estimo y respeto, supongo que todo es diferente gracias al punto de vista con que lo mires, gracias a los pequeños detalles que incluso pueden llegar a abrumar a los grandes detalles.

Y el viento de la colina festejando todo tipo de emociones claramente ignotas, todo tipo de quimeras por cumplir, y el loco Smith fumando su pipa de marfil y piedras preciosas, reposadamente, siempre sin prisa, en el momento en que un imponente y sensitivo ojo lo observaba todo con una honestísima sonrisa en los labios.












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NOTA BIOGRÁFICA (informal): Fue a finales de los años 70 –creo- que nací y me mostré al mundo, o el mundo se mostró a mí, ¿quién sabe? Enseguida gusté de la literatura y de los sentimientos favorables o infavorables que conlleva. Participé en numerosos premios literarios y fui premiado en algunos de ellos, tanto en lengua gallega como en lengua castellana, y llegué a colaborar en revistas literarias y periódicos. Más tarde, con el viento a favor y con ánimos de mostrar trocitos de mi obra, publiqué el poemario “Destilería Ocaso”, (año 2004), y tiempo después, “Neurosis Tremens” (año 2005). Más tarde colaboré en el anuario "Galicia Selecta" (año 2008) junto con autores de la talla de César Antonio Molina, Yolanda Castaño, Celso Bugallo, Olga Ruibal, Cristina Pato, entre otros. dDespués vino "Material de Soños", poemario en gallego, editado por Hipocampo Amigo, del escritos y editor D. Sabino Torres Ferrer. Hoy por hoy, y tras haber vivido y bebido tanto y tan poco, todavía llevo conmigo ese deseo de continuar poetizando, narrando o pensando, y sentir de manera sobrehumana e “insensata”, deseo con todas mis fuerzas visualizar horizontes crepitantes aptos para vivir en paz, solidaridad absolutamente irreverente.

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