Aquí un Amigo
Si algo caracteriza una crisis, recesión, o llámele como a usted le plazca, es la progresiva pérdida de amigos que uno va agradeciendo. En tiempos sombríos como estos es cuando las máscaras se desploman del rostro de muchos, así como caen las hojas en otoño al saber que el otoño es lánguido y fastidioso. Quien tiene un amigo tiene un tesoro, que decía el otro; pero, lo hábil del tema es que he conocido a gente que han vivido toda su vida sin haber tenido ni un solo amigo, o incluso peor, han fallecido creyendo que habían sido queridos por personas que los habían dirigido hacia la tumba. Divino tesoro. El día que yo esté en un tanatorio, blanco como la leche recién salida de una vaca cibernética, estoy completamente seguro de que muchos de "mis amigos" se pasarán por allí, persignándose ante mi estrado de madera de pino, susurrando como hacen los cuervos cuando se reúnen a medianoche en los camposantos: "No fue sin tiempo, oiga, que muriese este condenado". Es lo que tiene pertenecer al género humano: Que muchos de los que pertenecen a esta naturaleza llevan, como si de algo genético se tratara, una fingimiento en sus venas que solamente puede generar vanidad, envidia e iniquidad hacia las propias amistades, hacia esas personas que nos aprecian de veras. Sin ir más lejos, no hace mucho que una de esas personas que sobrellevan el paro me comentó que hacía nueve años le había pedido ayuda a un buen amigo de la infancia, de toda la vida, que se dice; el individuo en cuestión, comercial de una conocida marca de vehículos, enseguida se prestó para "el evento" de ayudar diciéndole: "La semana que viene hablo con Fulano para que Mengano te entreviste y Citano te intente meter en la empresa". Pasados los meses, este hombre en paro, nada amigo de pedir favores, volvió a insistirle a aquel hombre, y este, con sonrisa de torrija con poco aceite, le aseguró que Fulano ya estaba al tanto de la situación, y que Mengano trabajaba día y noche para buscarle un hueco como recepcionista o friega coches, o lo que fuera con tal de ayudar. "No volví a insistir -me aseguró- y de esto ya hace casi nueve años. Y lo mejor de todo es que jamás volví a ver a mi amigo, ni siquiera me volvió a llamar". Tal vez se haya ido del país, dije yo. Pero para nada, al parecer todavía lo ve pasar raudo y veloz como una bellota perseguida por gorrinos por las calles de su ciudad con una frase esencial en su boca: "No puedo hablar que tengo prisa... Nos llamamos". ¿Nos llamaros para qué?, le acabé preguntando al impertérrito parado, a lo que él me respondió: "Para joder, hombre, para joder".Y es que ya lo decía Vitorio de Sica: "La Biblia enseña a amar a nuestros enemigos como si fueran nuestros amigos, posiblemente porque son los mismos".

