No somos nadie
Odio desde siempre el hecho de tener que asistir a funerales y entierros; suelo estar allí cuando no hay más remedio. Si un buen amigo fenece, me siento en el sofá de mi casa y rememoro con aire agridulce la última vez que estuvimos juntos él y yo, con dolor, asimilo el hecho de que no va a estar más por estas tierras quemadas con sabor a sal, limón y tequila abaratado. No me hace falta estar frente al ataúd con semblante desmembrado, tos de difunto y lloro que no me suele salir, porque llorar por dentro es mucho peor, porque ya vengo llorado de casa. Repito, odio los funerales, hasta el punto de que no estoy muy seguro de que asista al mío; me encanta pasear con la parienta diciéndole que todo va a ir a mejor, tomarme la cerveza homérica de los sábados con Nardo, Carlos y Nacho, porque son gente que aún respetan y eso vale mucho. Me gusta el susto del amanecer, y ver como mi gato (Sir Poe) se obceca en intentar una y otra vez en agarrar las moscas de la cocina (casi nunca lo consigue, pero el animal no desiste). Me encanta el sudor de un beso a última hora de la noche, el saber que mi carácter asilvestrado es apetecible para algunos... Acepto una boda, un bautizo, un rezo prolongado para que la humanidad vaya por mejor camino, pero los funerales no, porque los funerales son actos impropios de mi persona. Soy consciente de que existen personas "partidarias" a presentarse a todo tipo de eventos de este tipo: no importa que conociesen al difunto o difunta únicamente de vista: se instalan frente al féretro abierto, muy cerca del muerto, y lloran... No sé muy bien el por qué de este episodio, pero lloriquean como si el sujeto hubiera sido un hermano del alma mía, la piedra angular de sus vidas. Más tarde, buscan a los familiares más próximos, los abrazan y los consuelan -es lo bueno de saber que el familiar en cuestión está lacerado, lloriqueado y derrotado: que nunca te va a reconocer-. La muerte... Citaba Secundo sobre el tema: "La muerte es un sueño eterno, un espanto de ricos, un apartamiento de amigos, un deseo de pobres, un caso inevitable, una peregrinación incierta, un ladrón del hombre, un fin de los que viven y un principio de los que mueren". Y yo sí que creo que tendrá que haber un principio después de la funesta ida al otro barrio, inevitablemente, con o sin risas. Pero, hace unos meses, acudí a un velatorio con lluvia, noche cerrada y vestimenta negra para la ocasión; entré en la sala atolondrado y desencantado, seguidamente di mi pésame de rigor y me mantuve recto como una ternera bien nutrida frente al degolladero. Enseguida se me acercó uno de esos sujetos anteriormente mencionados, "cuervos de pasar el rato", por llamarles de alguna manera. Yo ni le miré, mi cabeza andaba a lo suyo. Él sí me miró a mí, muy detenidamente, como si yo fuese un adorno macabro puesto allí por el mismísimo Tim Burton; luego colocó su brazo sobre mi hombro, mansamente, como sólo saben hacerlo los profesionales de lo funesto, y me susurró con tono de muy mal agüero: "No somos nadie". Entonces sí que no pude más: quité violentamente su brazo de mi hombro, le miré a los ojos como quien mira al juez en su alegato final y le sentencié: "¡No será nadie usted y su puta madre!".

