MUCHA BROZA
Expresó Sandro Pertini en un atrevimiento de naturalidad y suma comprensión: "A veces en la vida hay que saber luchar no sólo sin miedo, sino también sin esperanza". La espesura de los acontecimientos hace que esta cita se asome incuestionablemente hoy más que nunca, dada la desilusión moral y espiritual de la sociedad. ¿Luchar, incluso, sin esperanza? Cosa de superhombres, de héroes nacidos con el castigo atormentado de dar ejemplo, caballeros de una mesa redonda o cuadrada con mantelerías añosas, expresiones de copla forastera, descanso eterno entre dos tierras... Mucho ruido: Las aceras que pulsan abatimiento de hombres y mujeres cansados de sobrellevar lo indebido; algunas personas con mucha suerte, echando un vistazo a las luces despampanantes de New York, otros en medio de la espesura con clavos de Semana Santa, de desprecio frecuente en cada Bienaventuranza, de la amargura que se respira cuando la ilegalidad es orgasmo interesante y cruelísimo sólo para una privilegiada minoría. Entonces converso con María E. y me asevera algo que llevo intuyendo y husmeando desde hace tiempo: "Hoy en día hay mucha broza, mucha broza..." Exacto. De acuerdo contigo, la broza es broza, espesura que no debería ser tan concentra, pero que existe, inclusive se mastica. Aún recuerdo tiempos de sonidos metafísicos, ecos de ultratumba encharcada por el diluvio de la esperanza que me susurraba "adelante", a lo Liga BBVA, con ánimo para llegar a ser Messi en la cima de la torre de marfil, o CR9 en un anuncio de Nike, y al final, nada de nada: Gentes y personas (que no son lo mismo) circulando cabizbajos por las avenidas del "voy porque debo ir"; autómatas de un tiempo sin ideas propias, sin relatos con final radiante. No obstante, recuerdo algún que otro primer intento de impregnar el papel en blanco con un excelente poema: Mi mirada no tenía broza, ni ruido, era una tentativa pura y ordenada, basada en la escuela de la vida que me había dicho que hay que ser virtuoso para conseguir lo que vale la pena, que hay que ser veraz y sincero para llegar con honradez a la meta. Pero no. No fue así: El poema se embriagó de sandez propiamente humana, y nada bueno salió de aquello, únicamente un grito de molestia prosaica, un pasado tostado, una soledad delincuente y demasiado "pederasta" para mi gusto, y el susto de unos lectores que no entendían tanto sufrimiento. Así fue que llegó Bukowski y farfulló: "Por supuesto que es posible amar a un ser humano si no lo conoces demasiado" y, "por ti mismo y no por fama ni por dinero, tienes que seguir luchando". Y Charles me dio aliento, él tenía razón... La entereza, esa airosa virtud, vino a ser la estaca que acabaría con tanta cantinela y tantas cenizas.

