EGÓLATRAS DE PACOTILLA
La oscuridad lo inundaba todo... Las sonrisas forzosas de los niños al jugar, la esperanza de los hombres y mujeres que lucharon y ya no podían hacerlo por motivos destemplanza, el reflejo de una sonrisa nítida, la voz del pueblo llano, la justicia a la que todos tenemos derecho... Un mendigo moría desangrado en el medio y medio de una concurrida calle de Nueva York: muchos pasaron a su lado y nadie tuvo el decoro de avisar a una ambulancia para ayudarle, más, si cabe, al ver como el hombre se iba desangrando lentamente. Luego, en el noticiario de la noche, se vio como las cámaras de un banco habían registrado el macabro hecho: gota a gota, perdiendo la vida como un perro. "Las personas fueron pasando y nadie hizo nada, "pasaron" de aquel pobre y andrajoso vagabundo, infortunado, sin identidad, sin señas benignas". Fueron muchos los que, mientras degustaban amenamente la cena, exclamaron: "¡Cómo está este mundo, lo dejaron morir sin más". Lo peor de todo: que alguno que exclamó tal frase había pasado por su lado y ni siquiera se acordaba de haberlo hecho. Terremotos, volcanes, fanatismo, menosprecio de balde, paro obsesivo y corrosivo que no deja de aumentar, manos que son puños, terrorismo con bombas constantes en Irak que dejan una media diaria de 40 ó 50 muertos. Tsunamis, calor de averno, cambio climático debido, según los expertos, a sabe Dios qué cosa; beatos que no lo son en las iglesias orando frases huecas de fe; gente por las calles con semblante cabizbajo, un reflejo de lo que está sucediendo... Almas en pena, dolor de muelas y dolor urgente, porque la mayoría no tienen dinero para acercarse al dentista para que les alivie la caries social que nos molesta. "La culpa es de todos, menos mía, la culpa es de los políticos, de los sindicatos, de la oposición..., pero mía no", dice uno mientras se toma su café descafeinado con leche desnatada, con edulcorante y un vaso de agua del grifo. Vale, la culpa no es tuya, ni mía, la culpa siempre es de los demás, pero, ¿a ti te duele lo que le sucedió al indigente en una ciudad tan cosmopolita como Nueva York? ¿Te duele, hijo de mil madres, ególatra de pacotilla? No hace tanto que se me acercaba un amigo y, sabiendo que soy creyente, me preguntó con cierto aire de turbación y pena: "¿No crees que si Dios está detrás de todo esto, se está pasando?." Yo le miré aplanado antes de contestar; aspiré reciamente el humo del tabaco, pensé en el mendigo, en su sangre y en la madre de muchos neoyorkinos, y al final contesté: "Lo único que te puedo decir es que si yo fuese Dios, me tiraría un insuperable pedo en el semblante embustero de esta jodida sociedad que todo lo tolera, pero que a nada ni a nadie respeta".
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