PINCELES SIN TINTA
Impetuosamente surgimos en el universo y la nada se queda a un lado durante un período limitado, dando lugar a un supuesto "todo" que nos rodea y nos presta atención; hubo un tiempo en que las ideas eran inusitados palpitados que nos servían para averiguar si las brujas eran reales y allende la realidad existía algo más que incuestionable existencia. Varían las circunstancias y se altera la savia que progresa como un caracol sin gratificaciones, o como una cucharilla de café arrinconada sin querer en la barra de un bar cualquiera. Bastante incontrovertible es que hay años que los cumples y te parten el espinazo en dos; aún no me he encontrado a nadie que me asegure que todo lo ha aprendido o todo lo ha vivido con alegría plena y sin caídas que siempre ayudan a que la mal explicada madurez llegue de un momento a otro y apriete con ímpetu ferviente el interruptor azulenco de la conciencia. Inclusive, se secan los pinceles, y las brujas dejar de lado su escoba en tascas de medianoche, donde los escépticos brindan jubilosamente al compás de un fado titulado "Duda". Aturden las desconfianzas, las expectativas de fracaso, la entelequia, la torpeza de reconocernos como seres humanos; muda de aires la educación que nos inculcaron, florece la irracionalidad, el alejamiento, la sabiduría que le da sentido a las cosas, el respeto... Brindamos a oscuras, con alaridos de fingimiento y disyuntivas rendidas, con la daga de la recesión a punto de cercenarnos la nuez, la sinrazón comiéndole los ojos a la esperanza de cada día, esa esperanza que es alimento de pobres y armonía de espíritus que ambicionan prosperar. Hay ocasiones en las que los pinceles se secan y el bosquejo es pavorosamente chocante: Entonces lo observan ésos que no saben que se te han desecado los pinceles, y sueltan: "¡Qué diablos es esto que tenemos frente a nosotros!". Vale. Lo acepto: Los hombres somos los primeros en juzgar sin mirar el fondo, sin saber qué se esconde detrás de lo que nos están presentando, así somos. Y es difícil la tarea de visitar la vida sin adjetivar, es imposible que nadie te juzgue; así es el juego y así se nos presentó desde el estreno. Pero la apariencia no es sincera, casi nunca lo es. Allí donde hay una casa, algunos perciben un hogar; donde hay un frondoso bosque, dicen que se esconde la fantasía perdida, donde vemos azul, tal vez sea rojo, donde nos dicen "verdad", seguramente nos toparemos con el pus de lo hipócrita. Quizás tras ese cuadro tan galán que han observado una y otra vez, sin reparos, con prodigiosa abstracción, se encuentren unos pinceles sin tinta, rotos una y otra vez por las manos de un artista que anheló manifestar la máxima beldad con el mayor trabajo. Sí, estimados lectores, les aseguro que, miren donde miren, siempre hay gato encerrado.

